El fin de la abundancia

Texto: Lizeth Arauz y Alejandra Xánic

Ríos de jabón, desperdicios tóxicos recorren ríos y lagunas, inundaciones de aguas negras y cuerpos inertes flotando sobre ella. El desgaste de la tierra, su sobreexplotación, el hundimiento propio de edificios de la ciudad de México, el débil y en ocasiones nulo suministro de agua potable, el fracaso en la reutilización del líquido y su reuso en el riego de campos de productos alimenticios que regresarán de manera paradójica a los hogares de la metrópoli, ¿Son acaso, estas imágenes, el asomo del fin de la abundancia?

Las imágenes son el mejor vehículo de denuncia, y es justo a través de ellas que podemos realizar un acercamiento a la circunstancia del agua. Encontrar la estética en la tragedia es el reto fundamental: los reflejos del atisbado cielo repleto de nubes en las ennegrecidas y putrefactas aguas desbordadas el río de La Compañía que bañan de manera irremediable las casas alojadas en los costados del río, son el mejor ejemplo.

Una fisura en la estructura de las paredes que contienen al río fue la causante de esta tragedia en el área conurbada de la ciudad de México. Habitantes de la zona se mantienen mojados y angustiados en las azoteas de sus viviendas en espera de que alguna lancha improvisada se acerque a auxiliarlos. Sus pertenencias, el radio, la televisión recién comprada, el colchón, la ropa, los zapatos, e incluso la documentación oficial de la familia se han perdido, todo está repleto de lodo.

El olor a putrefacción se eleva desde el suelo cuando el primer rayo de luz se asoma entre las nubes. Miradas de tristeza y desolación, pero sobre todo de desesperanza, ya que probablemente el siguiente año se repetirá esta escena de tragedia. Las familias que habitan estas zonas difícilmente cambiarán de residencia, estos terrenos situados a un costado del peligro inminente representan la totalidad de sus bienes, han sido adquiridos con el esfuerzo y trabajo de muchos años y a pesar de la vulnerable circunstancia en la que se encuentran, no renunciarán a ellos.

La madrugada del 5 de febrero de 2010, un tsunami de agua apestosa inundó unas 5,000 casas en la colonia Valle de Chalco, en la zona metropolitana.

Los geólogos lo tenían más que advertido. Esta ciudad voraz extrae tanta agua del subsuelo que éste se está hundiendo. Se hunden los edificios coloniales en el centro, los legendarios canales de Xochimilco. El piso baja cinco centímetros por año en unas zonas, en promedio 10 y en Chalco, 40, que pueden ser imperceptibles a simple vista, pero en los últimos diez años el hundimiento sumó un metro y el siglo pasado fueron 10 metros. No hay estructura, no hay tuberías que lo resistan. Y el colector del agua residual, esa madrugada de 2010 se rindió.

En 60 años, la ciudad de México pasó de tener 3 a 21 millones de habitantes, y de tener grandes lagos, a agotar el agua propia y a arrebatar la de los demás. Y con todo eso, actúa como si le sobrara.

La mitad del agua que llega a la ciudad de México se le escapa por fugas y la lluvia desaparece en el drenaje, apenas toca con asfalto.

En la ciudad, atrás de los volcanes, acaso tratan el agua y vuelven a utilizar 9 de cada 100 tantos. El agua sucia se funde sin tapujos a los ríos y se estaciona en una grandísima presa cubierta por una nata de basura y icebergs de jabón: la presa Endhó en el estado vecino de Hidalgo.

Las aguas residuales que llegan a la presa Endhó, son tratadas y usadas en el riego de los campos del valle del Mezquital, productos agrícolas que salen de esta zona y llegan a la mesa de los citadinos.

El gobierno de la capital anunció en enero de 2011 que habría una escasez como no había visto la capital en muchos años. Pero tras una semana con lluvia que nadie esperaba ya borró este tema de la conversación.

Este ensayo fotográfico acerca al espectador a la paradoja de la creación y destrucción a través del agua, confrontándolo con la realidad devastadora que sufre el paisaje debido a la sobre explotación de los recursos naturales y los excesos de la contaminación.

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